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La guerra en Irán empujará a más de 30 millones a la pobreza

El PNUD alerta de consecuencias devastadoras en pobreza, seguridad alimentaria, energía y desarrollo humano a escala global

La guerra en Irán está generando consecuencias sociales de una magnitud que trasciende las fronteras de la región. Alexander De Croo, director del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), alertó el 23 de abril de 2026 de que más de 30 millones de personas serán empujadas de nuevo a la pobreza como resultado directo de este conflicto.

El documento (policy brief) que el propio PNUD publicó el 13 de abril de 2026 concreta esa estimación: exactamente 32,5 millones de personas —cifra correspondiente al escenario de mayor intensidad del conflicto, modelado sobre tres hipótesis de duración— caerían bajo la línea de pobreza de los países de renta media-alta. La advertencia pone de relieve que las guerras no solo destruyen vidas en los frentes de combate, sino que además deshacen décadas de avances en desarrollo humano en regiones que ni siquiera participan directamente en el enfrentamiento.

Análisis del PNUD sobre la guerra en Irán (enlace de descarga)

El Estrecho de Ormuz, cuello de botella global

Uno de las causas más inmediatas y visibles del conflicto armado entre Estados Unidos e Israel contra Irán es el bloqueo del Estrecho de Ormuz. Por este corredor estratégico transita un tercio de los suministros globales de fertilizantes, buena parte de los cuales se producen en Oriente Medio. El cierre de esta vía marítima ya ha reducido la productividad agrícola en múltiples países del Sur Global. Las consecuencias se harán sentir con mayor intensidad en los próximos meses: la escasez de fertilizantes en plena temporada de siembra compromete las cosechas de finales de 2026.

Las consecuencias se harán sentir con mayor intensidad en los próximos meses. Según De Croo, la escasez de fertilizantes en plena temporada de siembra compromete las cosechas de finales de 2026. Por tanto, la inseguridad alimentaria alcanzará su punto crítico cuando las reservas comiencen a agotarse. El impacto se extiende también a África. El informe técnico del PNUD señala que veintinueve monedas africanas se han depreciado desde el inicio del conflicto. Ello encarece el servicio de la deuda externa y el coste de importar alimentos, combustible y fertilizantes, precisamente los insumos más afectados por el bloqueo. Las cadenas de suministro de tecnología e industria a escala global también acusan perturbaciones visibles.

Seguridad alimentaria afectada sin solución a corto plazo

El director del PNUD fue categórico al señalar que «la inseguridad alimentaria alcanzará su máximo nivel en unos meses, y no hay mucho que se pueda hacer al respecto». Esta afirmación es especialmente preocupante porque evidencia los límites de la respuesta humanitaria frente a crisis sistémicas de esta envergadura. Esta advertencia se suma a las emitidas por el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y el Programa Mundial de Alimentos, que han coincidido en señalar que el conflicto elevará los precios de los alimentos. Ello agravará la situación de las poblaciones más vulnerables del mundo, muchas de las cuales ya afrontan crisis previas no resueltas.

El análisis técnico del PNUD distingue, además, dos canales de transmisión diferenciados. El primero es la contracción del crecimiento económico; el segundo, el encarecimiento de la energía y los alimentos. La conclusión es técnicamente relevante: bajo el escenario de mayor intensidad, el efecto de la inflación genera una caída en la pobreza más de sesenta veces superior al que produce la contracción del PIB por sí sola. Esto afecta de forma desproporcionada a los hogares más pobres, que destinan una proporción mucho mayor de su gasto a alimentos y energía.

Impacto en el PIB mundial y en la ayuda humanitaria

Más allá del hambre, los efectos en cadena del conflicto ya han borrado entre el 0,5 % y el 0,8 % del PIB mundial. Es una cifra que, en términos absolutos, representa billones de dólares borrados de la economía global. A esto se suman la escasez energética y la caída de las remesas, dos fuentes de ingresos fundamentales para millones de familias en países en desarrollo. La reducción de las remesas golpea directamente la capacidad de las personas para cubrir necesidades básicas, desde alimentación hasta educación.

Paralelamente, los fondos humanitarios se contraen en un momento en que las necesidades crecen. Países que ya afrontaban emergencias graves, como Sudán, Gaza o Ucrania, ven cómo la atención internacional y los recursos disponibles se fragmentan. En palabras de De Croo: «Tendremos que decirle a cierta gente: lo sentimos, pero no podemos ayudarles».

A esto se suman la escasez energética y la caída de las remesas, dos fuentes de ingresos fundamentales para millones de familias en países en desarrollo. Los fondos humanitarios se contraen precisamente cuando las necesidades crecen, y países que ya afrontaban emergencias graves, como Sudán, Gaza o Ucrania, ven cómo los recursos disponibles se fragmentan aún más.

Efectos duraderos y desigualdad de género

Uno de los aspectos más preocupantes del análisis del PNUD es la persistencia previsible del daño. Aunque el conflicto cesara de inmediato, sus efectos continuarían: serán necesarias varias décadas para reconstruir lo que la guerra ha destruido en apenas ocho semanas.

El informe del PNUD subraya, además, una dimensión frecuentemente invisibilizada: la desigualdad de género. Irán registraba ya una de las tasas más bajas de participación femenina en el mercado laboral a nivel global, en torno al 14 %. El conflicto agrava esa brecha: las proyecciones del PNUD advierten de un posible aumento de la mortalidad materna y de un retroceso en la finalización de la educación secundaria entre las niñas. Más allá de Irán, el encarecimiento de los alimentos y la energía recae de forma desproporcionada sobre las mujeres, que en muchos contextos gestionan el acceso a esos recursos y están sobrerrepresentadas en el empleo informal y de bajos ingresos.

Esta dimensión temporal y de género es clave para comprender el coste real de los conflictos armados. No se trata solo de vidas perdidas o infraestructuras dañadas, sino de retrocesos en indicadores de desarrollo humano que tardan generaciones en recuperarse.

Un ataque directo a la Agenda 2030

La guerra en Irán no es solo una tragedia humanitaria. Es también un retroceso medible en los Objetivos de Desarrollo Sostenible que la comunidad internacional se comprometió a alcanzar antes de 2030. Los datos del PNUD permiten trazar con precisión qué metas están bajo amenaza directa.

  • El ODS 1 (Fin de la pobreza) sufre el impacto más inmediato: 32,5 millones de personas podrían caer bajo la línea de pobreza de países de renta media-alta, borrando años de avances.
  • El ODS 2 (Hambre cero) está en riesgo ante el colapso del suministro de fertilizantes y la previsible caída de las cosechas en los próximos meses.
  • El ODS 3 (Salud y bienestar) retrocede en Irán con el aumento proyectado de la mortalidad materna y la disrupción de los sistemas sanitarios por el conflicto.
  • El ODS 4 (Educación de calidad) se ve comprometido por la interrupción escolar y el previsible retroceso en la tasa de finalización de la educación secundaria entre las niñas.
  • El ODS 5 (Igualdad de género) acumula pérdidas específicas sobre las mujeres, que soportan de forma desproporcionada la carga de los cuidados, el empleo informal y el encarecimiento doméstico de la energía.
  • El ODS 7 (Energía asequible y no contaminante) queda directamente bloqueado por la escasez y el encarecimiento energético derivados del conflicto.
  • El ODS 8 (Trabajo decente y crecimiento económico) se deteriora por la caída del PIB regional, la depreciación de divisas y la pérdida de empleo en economías dependientes de las importaciones del Golfo.
  • Finalmente, el ODS 10 (Reducción de las desigualdades) y el ODS 17 (Alianzas para los objetivos) se ven erosionados por la contracción de la ayuda humanitaria, la fragmentación de recursos y la deuda creciente en los países más frágiles.

El propio policy brief del PNUD vincula explícitamente este análisis a los ODS 8, 10 y 17, pero el alcance real del daño es transversal. Cada semana de conflicto que se prolonga aleja a millones de personas de metas que, en muchos países, ya acumulaban retrasos previos a 2026.

Una hoja de ruta y una llamada a la acción

Desde la perspectiva de la cooperación al desarrollo y los derechos humanos, este escenario exige respuestas urgentes y coordinadas. El PNUD ofrece una hoja de ruta concreta para los países con menor margen fiscal. La opción prioritaria son las transferencias monetarias temporales y focalizadas, que han demostrado su eficacia desde la crisis del COVID-19 y resultan más progresivas que los subsidios energéticos generalizados. Como segunda opción, el informe propone vales o subsidios para un consumo mínimo de electricidad o gas de cocina, pensados para contextos donde los registros sociales son débiles. En todo caso, el PNUD advierte de que los subsidios energéticos universales —ampliamente usados en países en desarrollo— son regresivos y fiscalmente insostenibles a medio plazo.

No todos los efectos pueden contenerse mediante acciones nacionales. Algunos requieren respuesta multilateral: coordinación para liberar reservas de petróleo, decisiones de los bancos centrales sobre tipos de interés ante la inflación energética, y apoyo en liquidez en divisas para países en desarrollo que no pueden absorber el choque por sus propias capacidades. La guerra en Irán no es solo una crisis regional. Es un retroceso global en el camino hacia el desarrollo sostenible y el respeto a los derechos humanos. Las organizaciones de cooperación tienen ante sí el reto de visibilizar estos impactos, movilizar recursos adicionales y exigir que la protección de las poblaciones civiles esté en el centro de cualquier negociación.

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